Publicado en: 2006-08-17 (588 Lecturas)
Por Lautaro Emmanuel Moreno.
En una pizzería de mesas en penumbras, la reminiscencia del chaqueño Raúl Eduardo Bejarano cobra vida. Su rostro pálido, redondeado, bordeado por una incipiente barba y su nariz achatada, adquiere un tono rubicundo cuando exhorta sus intimidades. El campeón argentino y sudamericano, de la división welter (66,700 Kg), sorprende cuando confiesa ser una persona "medio tímida y de perfil bajo".
Bejarano se crió en General Vedia, un pequeño pueblo chaqueño habitado por dos mil quinientas personas. "Desde chico trabajaba en la cosecha de algodón y corte de caña de azúcar. Además laburé en el obraje, hice leña; en una panadería... y la lista continúa", dijo con una breve sonrisa.
"Tengo un grupo de amigos muy unidos. Siempre que viajo vamos a pescar. Saben que me gusta mucho el pescado frito o a la parrilla. También hacemos asados de lechón o chancho, criados por nosotros", manifestó el campeón.
El romance con el pugilismo se originó a sus diez años, cuando presenció el triunfo de Jorge "Locomotora" Castro ante Héctor "Bombardero" Sena. "Allí me empezó a gustar, pero jamás pensé que iba a llegar a boxear", confesó con una sonrisa distraída como pidiendo disculpas.
Cumplidos los quince años, Bejarano decidió emprender su propio camino y se trasladó a Buenos Aires. Uno de sus dieciséis hermanos, Jorge, practicaba boxeo amateur con Julio García y fue el enlace que unió sempiternamente a Raúl con el DT.
El diálogo tiene un grado tan cordial e interesante que ni la llegada de los cafés, ni el saludo distante del árbitro Luis Guzmán interrumpieron la charla. "Entrené durante un año y en el debut llegué a la semifinal de un torneo argentino (1993)".
Sin sustento económico, el chaqueño cumplió diversos puestos laborales. A su ya extenso curriculum, le sumó albañilería, cocinero, ayudante en una fábrica de pastas. "El peor trabajo fue ser recolector de basura. Empezaba a las nueve de la noche y terminaba al otro día a las cinco o seis de la mañana", recordó con un semblante rígido. Respiró y continuó: "Corría entre 230 y 280 cuadras por noche. Encima apenas tenía tiempo para ir al gimnasio".
Ese esfuerzo sobrehumano le produjo serios inconvenientes en los tobillos que aún tiene frágiles. "De tanto subir, bajar, encontrar pozos en la calle, sufrí esguinces en los tobillos. Me curaba de un lado y me lesionaba el otro. Hasta que tuve una pequeña fisura en el tobillo. Por eso me quedaron tan débiles", explicó el boxeador de estilo agresivo, guapo y frontal.
Las victorias deportivas que no fueron, en el resultado, convirtieron a Bejarano en un boxeador respetado y temido, sobretodo cuando se lo nombra en el viejo continente. En sus tres presentaciones fuera del país superó en el cuadrilátero al francés Gabriel Mapouka, al sueco Paolo Roberto y al turco-alemán Alpaslan Agüzun, pero los bochornosos veredictos impidieron consumar el triunfo.
La deferencia obtenida en el panorama internacional, contradictoriamente, no se asemeja al nivel local, puesto que "por dos mangos quieren que exponga uno de mis títulos en Rosario, como visitante, ante Aladino Alanis". Un agravio para un doble monarca, que argumentó: "Vivo del boxeo y no me conviene arriesgar un título por una cifra menor. Si me ofrecieran una buena bolsa, no digo exagerada, por lo menos lo que corresponda, voy a pelear sin problemas".
Bejarano no pierde la cordura. Generalmente lo subestimaron. Como contra Sergio Acuña, donde se coronó campeón nacional, o ante Paulo Sánchez, que lo consagró titular sudamericano. Su preocupación está basada en mantener su rendimiento y estar preparado para la próxima batalla.
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